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El verano Andino
Me permitiréis esta semana que os hable de mi pasión, de las montañas y que aparque por unos días a nuestros grandes héroes, los atletas de antaño. Hace apenas unos meses he tenido la oportunidad de cruzar el charco para perderme, y nunca mejor dicho, por las montañas de los andes peruanos... ¡Uno no vuelve indiferente!
Aunque sea hemisferio sur, en la zona de los Andes peruanos, coincidimos a llamar verano a la misma franja anual, aunque el concepto no sea el mismo.
A grandes rasgos, para nosotros el verano es sinónimo de calor y el invierno de frío. Los peruanos de la zona de los Andes asocian el verano o el invierno a las lluvias. Durante los meses que van de diciembre a marzo o abril, que es cuando tiene un calor sofocante durante todo el día e incluida la noche y no para de llover, esto evidentemente, para ellos, es la época de lluvias. Pero cuando la temperatura empieza a cambiar y las noches y madrugadas son frías o muy frías en las zonas altas de los andes y ya no hay lluvias, para ellos, ¡esto es el verano andino!
Que lo llamen como quieran, pero bendita la gracia de ese verano andino y de su luz reflejada en cimas escarpadas de más de 6.000 metros. No cabe duda que hay que ver para creer y la belleza de sus montañas hay que observarla y asimilarla. Un verdadero espectáculo natural rodea valles, ciudades a medio construir y pueblecitos a los que no se llega ni en coche donde, hace menos de 10 años, pasaron unos cables de la luz que se aguantan por pura casualidad .
Y es que no tenemos armas para poder refutar nada a sus montañas, tanto en altura como en belleza o más adecuado sería llamarlo exotismo, porque es criminal no aceptar que nuestras montañas también son bellas.
Sí, el adjetivo exótico para aquellas montañas creo que le va como anillo al dedo... Y espectáculo también. Los valles son infinitos extensiones de tierra, generalmente encharcadas justo después de la época de lluvias y algo más secas a finales de verano. Transcurren entre monumentos gigantescos de piedra y roca, montañas que se elevan más de 3.000m por encima de estos prados y ríos que serpentean plateados por todos los valles.
Las montañas, vistas desde lejos, dibujan cortados vertiginosos por delante del cielo azul, con sus faldas marronosas de tierra y roca y, a partir de los 4.500m o 5.000m, dependiendo de la situación geográfica norte-sur, inician glaciares monstruosos con gran actividad.
Cuando te vas acercando a sus entrañas, ves las cimas completamente escarpadas, pero siempre recubiertas de nieve, una nieve que se acumula formando chorreras verticales de centenares de metros. Parece casi imposible que la nieve pueda mantenerse en tales pendientes.
Los pasos o collados que transportan de un valle a otro, nunca quedan por debajo de los 4.300m y algunos de ellos alcanzan más de 5.000m, si no fuera porque el aire falta en los pulmones uno se pensaría que está tocando el cielo.
Y es que en los andes peruanos nada queda al azar, los lagos color esmeralda son otro regalo para la vista de cualquier europeo por más montaña o alpinismo que acumule su currículum. Casi cada nevado, así llaman a los picos en Perú, tiene su nevero, que es el glaciar y finaliza en su laguna. Esta por su parte alimenta a alguno de esos ríos de los que ya he hablado.
Todavía no he descubierto porque la mayoría de las lagunas de los Andes tiene ese color entre verdoso y azulado que hipnotiza. La vida contemplativa en aquella zona no es nada complicada... pasar una tarde sentada encima de una roca, después de haber caminado unas horas a más de 4.500m, simplemente mirando a tu alrededor, con la mente en blanco... observando y escuchando los séracs como rompen contra zonas más bajas del glaciar y el estruendo golpea cada pared de las montañas que envuelven el valle en un eco que se va perdiendo con el polvo del hielo que se ha roto... ¡simplemente, me deja sin palabras!

Fotos: Anna Comet
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